lunes, 2 de mayo de 2011

El ladrón de corazones hembra (fragmentos)

MIENTRAS REGABA LAS AZALEAS Y EL NARANJO, LLORABA 

     La Nena, como todos decían –aun habiendo ya rebasado con creces la treintena-, lloraba mientras desayunaba los dos pestiños y un café con leche largo de café.

    Lloraba al regar las azaleas y el naranjo, su árbol preferido, sembrado por la madre de su abuela, la tatarabuela Frasquita. Lloraba cuando el día se despertaba pardo, tardío de sol, e incapaz de caldear la panza de la gata Flora. Lloraba sin parar a la vez que iba apagando las luces de toda la casa, que eran muchas y tan mortecinas que producían dolor de cabeza. Lloraba al oír los pasos calle debajo de Fausto, el hombre al que hubiera deseado calentarle la cama, compartir sus pestiños y el reflejo de los cristalitos de sus ojos cuando aún relucían. Lloraba hasta dormida.

      Algunas noches, los doce cubos que había alrededor de su cama se desbordaban, y varias veces estuvo a punto de morir ahogada como su amiga Fulgencia, una tarde de todos los santos, en el pantano de Rumblo. Morir ahogada era su peor pesadilla.

      Veía la cara de Fulgencia como un pedazo informe de carne sin labios, sin restos de su nariz respingona y con la cuenca de los ojos vacía por la voracidad de los peces. Los ojos son el manjar predilecto de los peces, tanto, que si los pescadores usaran este cebo, en poco tiempo exterminarían los barbos y los blabas que se contaban por cientos, en la inquietante presa del Rumblo. También, y desde aquel día de todos los santos, los peces formaban parte de sus peores pesadillas.

      Le Nena era la única mujer de la descendencia de doña Fuensanta y de don Félix. Doce hijos todos varones y todos muertos de muerte natural. Jóvenes, muy jóvenes, pero ninguno muerto trágicamente como Fulgencia, la amiga de la Nena.

 

FRIDA HABLA CON EL NARANJO

Ni una ofrenda más. Lo juro. Te lo digo para que te quede claro. Ni más galipotes, ni más Bacás ni más conexiones con el otro lado. Le dice Frida al naranjo, mientras escarba en sus raíces y entierra un pañuelo, una prenda de Froilán; el último hijo muerto de los señores Hernández Machado. Mientras tú te alimentabas y crecías esta casa se llenaba de muerte. Paga tu precio. 

 

ELLA NO LE TENÍA MIEDO A LA MUERTE

       Ella no le tenía miedo a la muerte. Ni siquiera a la Muerte con nombre propio denominada Parca, la Innombrable, la de la Guadaña, la gran Dama de la Noche...

La Muerte, según ella, es arbitraria y desnaturalizada. Otras veces  es liberadora, necesaria, urgente y deseada. Puede que un poco humana y todo. Ya saben ustedes que no se debe generalizar.

     Una vez tuvo un amante, pero quería a su marido. Esto siempre condena a una mujer. Los tríos son molestos para quienes los miran. Siempre se pretende que el amor sea absoluto y eterno como la Muerte.   

     Ella era del sur. De alguna parte tenía que ser. En el sur se da culto a la Muerte, se le respeta y se cruza los dedos a su paso.

     El color de sus ojos era igual que el de la miel de eucalipto. A veces, y por detrás, parecía un muchacho. No le molestaba, es más, le complacía equivocar.

     En cierta ocasión me contó un secreto, pero ya saben ustedes que los  secretos no se deben compartir con cualquiera. Estaba relacionado con una de las muertes trágicas de su familia. La Muerte natural, si es posible llamarla así, no abundaba entre los de su sangre. La verdad es que no eran nada convencionales.

     Nunca miraba de arriba abajo, o de reojo, y sí a trompicones, como si quisiera salir corriendo de algo que nadie entendía.

     En los salones (siempre hay un salón u otro) se hablaba de ella con frases circulares y acechando los tonos para no salpicar de duricias su nombre, su cintura, el canal tortuoso de su pecho.

     Con frecuencia se aburría de sí misma. Se le notaba porque sus pómulos orgullosos se combaban algo. Entonces, el peligro, su peligro, se incrementaba. Los hombres se volvían locos de deseo por ella, que no de amor, porque compartirán conmigo que aunque a veces se confunde, no es lo mismo.

CÁNDIDA Y SABINA

 Lo qué sabe este hombre, Dios mío. Habla de una manera y  con unas palabras… Yo desde luego no entiendo ni la mitá de lo que dice.  Siempre que lo ves va con un libro en la mano. Tantas letras… No puede ser bueno, dice Cándida.  Qué va a ser bueno, así está majareta perdío, dice Sabina.  De sobras se sabe el estropicio que hace en el cerebro el  abuso de libros.  Al cerebro no se le puede meter tanto. No es natural. Eso y  la bruja de madre que le tocó… A mí  Mandrágora siempre me ha dado repelús, confiesa Cándida. No te va a dar, y a todos. No hay  más que verla. A saber de que vinieron huyendo. Y ese guante negro que no se quita el Loco  nunca de la mano… Según Mandrágora fue culpa de una graná que le explotó en la guerra, dice Cándida. Ella que va a decir. Por eso no pasó, el infeliz,  una buena temporá  en el manicomio de los Prados, pagando los tejemanejes de su madre con el infierno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario